Los primeros grupos humanos en arribar al archipiélago hace más de 6.000 años ya poseían el conocimiento necesario para trenzar fibras vegetales y confeccionar canastos, los que les permitían recolectar alimentos y almacenar objetos. También confeccionaban trampas para peces, y la misma lógica les permitió crear corrales de pesca con varas trenzadas en esteros y fiordos bajos. Con la llegada de los Huilliche y la vida agroalfarera los objetos se complejizan, apareciendo canastos destinados a la selección de granos o al almacenamiento de tubérculos.
Pero, ¿qué es lo que se busca cuando se confecciona una artesanía, en qué radica su atractivo, por qué se compra?. Por un lado hemos hecho más eficientes nuestros objetos utilizando tecnología mecanizada, con lo que se ha facilitado enormemente la vida. Tales objetos han reemplazado a otros, más rústicos, que han quedado rezagados en el camino. Pero estos últimos poseen algo que los actuales no incluyen en su materialidad y significado: guardan valores culturales que nos refieren una identidad histórica, nos sirven de apoyo para cuando necesitamos referirnos a nosotros mismos, de donde venimos, quienes fueron nuestros ancestros.
En síntesis, nos hacen reflexionar en torno a un pasado común como símbolos de una cultura común. O, por el contrario, nos hacen referencia a identidades muy distintas a la nuestra, lo que resalta a su vez quienes somos nosotros.
En términos más sencillos: compramos artesanías porque nos vinculan con nuestro pasado o porque hacen que pongamos atención en aspectos de nuestra cultura que antes no habíamos apreciado. Esto incluye además gustos estéticos, la búsqueda de objetos exclusivos, o la necesidad de destacar quienes somos frente a los demás. De una y otra forma, las artesanías son objetos vinculados directamente a la identidad cultural de quienes las elaboran y de quienes las compran.